Viajando en Familia, Chiapas. Por Nadia Claret (Viajero del Mes de Mayo)

Personalmente, viajar me resulta la manera más plena de experimentar la libertad, esa libertad para ir y venir a mi antojo por el mundo se pauso el día en que llegaron a mi vida uno a uno mis amados hijos. Por supuesto, llegaron con ellos nuevos gastos que limitaron los viajes y los tiempos. La rutina no es algo que disfruten los viajeros. Entonces comprendí que no había porque detenerse, la vida sigue y la maternidad es un momento en la vida en donde el mayor reto era seguir siendo “yo”, ¿cómo? ¡Haciendo lo que más disfrutaba! “Viajar”. Solo debía cambiar el cómo y el dónde.

Y así fue que comenzamos a recorrer Pueblos Mágicos con nuestros bebés en la espalda. Sin prisas y dándoles siempre prioridad a sus necesidades. Por cuestiones de economía y comodidad siempre preferimos los viajes dentro de nuestro México. 
Hoy nuestros hijos de 9 y 14 años aman viajar y conocer nuevos lugares tanto como nosotros. Ha sido una gran placer conocer a su lado la belleza de nuestro México, explicarles llenos de orgullo sus raíces y sus tradiciones. Disfrutamos cada historia y cada lugar transportándonos en el tiempo con la facilidad que un niño puede hacerlo. Estos viajes junto a ellos se han adaptado a sus ojos de niños.

Uno de nuestros últimos viajes inolvidables dentro de México fue a Chiapas. Fue un viaje 607fa14a-28b2-4ae7-8fa3-9790b25d557fmaravilloso en familia que seguramente nuestros hijos recordarán para toda su vida, y sin duda yo atesoraré en mi corazón por siempre.

Este viaje lo realizamos en julio del 2015. Recorrimos el estado de Chiapas en auto conociendo no sólo las bellezas naturales más publicitadas, sino los rincones más inhóspitos y encantadores poco conocidos. Un recorrido de 15 días que dejó a mis hijos enamorados de sus raíces y su México, que me permitió compartir con mi familia el orgullo de un México que debía conocer más de cerca antes de seguir conociendo el mundo.

5f22ca3e-b640-45dc-83c6-33ec9fb62759Hubo que planear los destinos, las  horas y los días con anticipación. Nuestro itinerario marcaba los tiempos. Consejos de amigos, Google Maps y Trip Advisor fueron nuestros aliados al momento de planear el itinerario. Era importante viajar ligeros de equipaje y con ropa cómoda. Cuidarnos era una prioridad. Había que salir temprano por las mañanas, en cuanto el sol saliera y tomar las carreteras con luz, de preferencia en caravana con otros viajeros, ir conociendo los atractivos del trayecto y llegar a nuestro destino proyectado no más tarde de las 5:00 pm, hospedarnos antes de caer la noche y salir a caminar conociendo nuestro destino y su gastronomía durante la noche. El salir temprano del hotel tenía sus grandes recompensas, como el llegar a los lugares mucho antes que los turistas y recorrerlos en soledad solo con el sonido del agua, los pájaros, los monos y en medio de una paz y tranquilidad total. Esta manera de disfrutarlos no tenía igual. Como en una de las Lagunas de Montebello, en donde entramos en una balsa rudimentaria con Jaime, nuestro guía y conductor, en total silencio y soledad disfrutando de la majestuosidad del lugar y sus sonidos.

Los trayectos eran maravillosos. Chiapas tiene mucho más que los destinos publicitados. d347bad3-b8f5-4f27-a5a6-e8077e693ff3Cascadas, grutas, lagos, zonas arqueológicas y más. Para mis hijos era toda una aventura. Se decían nómadas, por qué cada noche dormíamos en un lugar distinto. La belleza de cada lugar que pisamos, las personas que conocimos y las formas de vida tan distantes a la que ellos conocen los hicieron valorar nuestro entorno y nuestras raíces. Como aquel niño, Pedro de 10 años que fue nuestro guía en las Lagunas de Montebello, que nos mostró y hablo con tanto amor el lugar donde vivía, les contó a mis hijos que donde vivía no había doctores ni hospitales y que con hierbas se curaban todos los males. Les hablo de lo mucho que valoraba poder ir a la escuela en lugares tan lejanos y nos llevó a comer con su mamá deliciosa comida que venía directo del fogón.

56a6b12e-5a5b-45fb-b83e-27cfb778dedaFue importante invertir en guías en estos lugares. Estos guías respondían todas las preguntas curiosas de mis hijos, desde dónde y cómo dormían los mayas, hasta donde iban al baño. Con la mayor amabilidad, Anselmo nuestro guía en Toniná, que nos platicó lleno de orgullo que de niño formó parte de los trabajos arqueológicos para descubrir la zona. Que sus padres y abuelos habían vivido ahí por siempre, y siempre le habían hablado de las pirámides escondidas. Fue tan grande su asombro al desenterrarlas poco a poco, que su amor por su trabajo lo hizo acreedor a una beca de arqueología en la UNAM donada por los arqueólogos que trabajaban la zona y así, hoy era un “humilde maya estudiado conocedor de la zona por libros y ancestros” según sus palabras. Nos mostró parte de su trabajo de exploración desde su lugar de excavación personal y nos explicó a detalle cómo era que median los tiempos según las capas de la tierra.

Nadamos en la cascada de Misol Ha, trepamos las de él Chiflón, escalamos las del Chorreadero, exploramos las grutas de Rancho Nuevo y Arcotete, caminamos por las calles de Tuxtla, Chapa de Corzo, San Cristóbal de las Casas y Comitán, cruzamos a Guatemala y mucho más, por supuesto sin dejar de lado Agua Azul, Montebello, el Cañón del Sumidero y Palenque; en donde nos adentramos en los senderos de la selva y nos enfrentamos a un susto que hoy nos mata de risa, al encontrarnos con un mono aullador defendiendo su territorio, al cual jamás vimos pero escuchábamos muy de cerca. Unos aullidos tan feroces y cercanos que nos parecían de un tigre al acecho y que saco el valor de mi marido tomando un palo antes de percatarse que de nada serviría y echarnos a correr. En pocos metros nos encontramos un guía que nos recalcó que nunca debimos haber tomado un sendero como ese sin un guía y nos indicó la manera de regresar.

Vivieron el privilegio de conocer animales que solo habían visto a través de un vidrio o una 2fa481fa-1f36-4367-aa64-e1e6aa027938jaula, en su ambiente natural. Como aquellas culebras que atravesaban los senderos de Bonampak que caminábamos al lado de un niño lacandón que nos cuidaba y que todo el tiempo confundimos con niña al no haber diferencia alguna en su peinado y vestimenta. O en Yaxchilán, donde los monos bajaban de los árboles en grupos para correr de un árbol a otro.

Y no detenerse para hablar de Yaxchilán resulta imposible. Nuestro lugar favorito. Chicos y grandes lo disfrutamos por igual, por qué cuando fuiste una niña aventurera, estar ahí te recuerda sin duda las películas de Indiana Jones y todas sus aventuras.
El llegar ahí ya era una aventura de por sí, un lugar lejano al que llegamos por una carretera desde Palenque y que era un verdadero deleite. Un camino tragado por la selva en el medio de la nada. Llegamos hasta la selva Lacandona en un trayecto de admiración total por los paisajes. Los indígenas lacandones nos esperaban para transportarnos en balsa por el río Usumacinta. Después de una hora de viaje en balsa, la cual compartimos con Berry, un Israelí amante y gran conocedor de la cultura Maya, rodeados de la más bella vegetación, llegamos a nuestro destino. Un sendero de sueño lleno de piedras verdes, significado textual de Yaxchilán. Verdes a causa de la lama que se forma por la humedad y la vegetación.

5448d2d9-a107-4324-acde-1614393070ad.jpg Llegamos a un edificio que protegía la ciudad. Nuestro guía nos advirtió que no era fácil atravesarlo sin el, y que quienes se aventuraban a intentar salir de él sin un experto se ponían en peligro. Y así fue que muy seguros y con lámparas en mano caminamos sus pasillos. Las arañas en las paredes eran más grandes que mi mano, los murciélagos impresionantes en su tamaño y las salamandras bellísimas, todos ellos sin molestia alguna por nuestra presencia. Al salir del laberinto nos encontramos con una ciudad maya casi intacta y de lo más imponente. El verde de sus piedras la hacía increíblemente hermosa. La condición era no dejar rastro alguno de nuestra presencia externa y no llevarnos nada de lo que ahí encontráramos. Los monos corrían y las aves del paraíso volaban. Grandes mariposas revoloteaban y entonces ese destino se convirtió en el ideal para mis hijos. Nuestro guía se volcó en ellos, sin dejar de lado la historia del lugar, les mostró las termitas y sus impresionantes construcciones, les hablo de su importancia para el ecosistema. Les mostró las coloridas orugas de las cuales venían esas mariposas gigantes, les mostró lo que eran capaces de hacer las hormigas soldado si entorpecías su camino e incluso busco tarántulas para mostrárselas.

Y así fue que tuvimos la suerte de compartir con niños un viaje lleno de aventuras, de largos trayectos en donde hablábamos de lo más bello del día, de lo favorito de cada uno en nuestros recorridos y del conocimiento de nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestras raíces. De nuestros pueblos indígenas, de sus artesanías, de sus formas de vida y de sus dialectos. De la belleza de nuestro México y del amor de quienes lo protegen.

Y si, se puede seguir disfrutando de viajar aún con niños, se puede experimentar la libertad desde los ojos de la curiosidad y la imaginación.

Saludos!

Nadia Claret

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